Thursday, 22 September 2016

Violaciones, humillación y tortura: así trató el franquismo a las mujeres detenidas


Violaciones, humillación y tortura: así trató el franquismo a las mujeres detenidas







Durante el franquismo, muchas mujeres sufrieron represión solo por el hecho de ser mujeres. Entre las torturas a las que fueron sometidas, están la violación, los abortos forzados, las descargas eléctricas en zonas genitales, las purgas con aceite de ricino y el robo de bebés.




Ahora, por primera vez se presenta una querella por aquellos crímenes de género cometidos por los falangistas.


La organización Women's Link ha pedido a la jueza argentina María Servini de Cubría, que instruye el único proceso abierto en la actualidad contra los crímenes franquistas, que investigue también los crímenes cometidos contra las mujeres.


La querella presentada incluye los testimonios de seis mujeres. Cinco de ellas fueron asesinadas después de sufrir las vejaciones. La sexta, es la abogada feminista Lidia Falcón, superviviente del horror franquista que fue detenida siete veces entre los años 1960 y 1974.


Durante el franquismo, las mujeres que participaban en actividades políticas, eran parte de partidos o habían combatido en el bando republicano, fueron duramente reprimidas al igual que los hombres. Pero sus castigos fueron diferentes porque además llevaban implícito un componente de género que los hombres no sufrían.


Estas mujeres habían cuestionado el papel que los falangistas habían reservado para ellas: el de buena esposa, sumisa, ama de casa dedicada exclusivamente a cuidar del hogar y de los hijos.


Sus castigos debían servir de ejemplo para el resto de las mujeres que quisieran salirse de la línea marcada por la dictadura. Además, muchas sufrieron el llamado "delito consorte". Es decir, eran hijas, esposas, compañeras o hermanas de hombres republicanos.


Una vez que eran detenidas, se les rapaba el pelo y eran sometidas a abusos como violaciones, golpes en el bajo vientre a las mujeres embarazadas y todo tipo de insultos sexistas. A algunas, les quitaban los bebés y los daban en adopción a familias falangistas para "eliminar la semilla marxista". Otras acabaron siendo fusiladas y sus cuerpos siguen en las fosas comunes que el Gobierno no quiere investigar.


Este es el caso de las seis mujeres de la querella presentada en el Juzgado de Buenos Aires.


Margalida Jaume Vendrel, una relojera de Mallorca, vio como en 1936 los falangistas se llevaban a su marido. En unos días ella también fue arrestada. Fue violada por uno de los falangistas del cuartel, torturada y finalmente ejecutada. Estaba embarazada de 7 meses.


Las hermanas Daria y Mercedes Buzadé Adroher se unieron en Mallorca a una expedición republicana como personal sanitario. Fueron detenidas por los falangistas que quisieron "comprobar" su virginidad.


En el cuartel fueron brutalmente violadas. Después las obligaron a tomar aceite de ricino, que provocaba diarreas constantes, y fueron "paseadas" por las calles por su captores.


Pilar Sánchez Lladrés militaba en el Partido Socialista cuando en 1936 las tropas falangistas detuvieron a su marido y sus 4 hijos. Ella logró esconderse pero días después fue arrestada cuando salió del escondite. 4 hombres abusaron de ella repetidamente y le propinaron numerosas palizas hasta finalmente matarla y arrojarla a la fosa común del cementerio de Sencelles.


Matilde Lanza Vaz militó en el Partido Comunista y fue parte activa del mismo desde la proclamación de la Segunda República. En 1939 fue detenida y juzgada en un consejo de guerra. Las autoridades iniciaron una labor de adoctrinamiento para convertirla al catolicismo. En 1941 la aíslan y obligan a bautizarse. Antes del bautizo, la joven se arroja desde lo alto de la prisión prefiriendo el suicidio. Aún así, tras 45 minutos de agonía, y todavía inconsciente, las autoridades carcelarias la consiguen bautizar.


La sexta mujer de la querella, Lidia Falcón O'Neil, fue detenida y procesada en varias ocasiones por la publicación de artículos de opinión. Sufrió torturas claramente dirigidas a su condición de mujer, que consistieron en golpes en el estómago y en el hígado al grito de "ahora ya no parirás más, puta bruja".


Estos seis casos son solo una pequeña muestra de los miles de casos de violencia contra la mujer que se produjeron durante la época franquista.


Miles de casos que aún no han sido investigados.


Miles de cuerpos enterrados en fosas comunes que aún no han sido abiertas.


Toneladas de tierra que aún pesan sobre las víctimas y asfixian el avance sano de toda la sociedad.


Fuente: Playground Magazine



Title : Violaciones, humillación y tortura: así trató el franquismo a las mujeres detenidas
Posted by : Eco Republicano
Date : 18.3.16
Labels : MEMORIA HISTORICA

Sunday, 18 September 2016

España No Existe

Extracto de entrevista a mujer gitana super sabia: Que falta incorporar un poco la cultura y la historia gitana a la española. Totalmente, es que no salimos. Hay mucha influencia, en la música, la cultural, el arte. En la guerra civil había gitano en los dos bandos. Artistas. En Andalucía, el tema de la identidad también se diluye, no se sabe dónde empieza lo andaluz y dónde acaba lo gitano. Al final la marca España se crea en base a la identidad gitana. ¿Qué pensamos como marca España? En el traje de flamenca, el exotismo. Hay una historiadora sevillana, María Sierra, que a mí me gusta mucho, que tiene una ponencia titulada “España, la patria que devora”, sobre cómo ha construido España su identidad, que no la ha tenido. España como tal no existe, el franquismo tenía que crear una identidad. mas: http://www.lamarea.com/2016/07/02/la-izquierda-masculina-blanca-se-olvida-las-reivindicaciones-la-realidad-las-comunidades-gitanas/

Monday, 22 August 2016

80 AÑOS: CAE LA REPÚBLICA, TRIUNFA EL FASCISMO EN ESPAÑA


80 AÑOS: CAE LA REPÚBLICA, TRIUNFA EL FASCISMO EN ESPAÑA
UN MUNDO DE SENSACIONES
30/07/2016
BY PUROCHAMUYO


Publicamos la Tercera parte y las Conclusiones del Dossier escrito y compilado por Pedro Cazes Camarero, director de la Revista Crisis en 1988. Especial de purochamuyo.com / Cuadernos de Crisis
LAS BRIGADAS INTERNACIONALES


Venís desde muy lejos; pero esa lejanía
¿qué es para vuestra alma, que canta sin fronteras?...
Rafael Alberti

Ante la grave situación militar de la República existente en septiembre de 1936, con las tropas sublevadas avanzando hacia Madrid, el gobierno presidido por Largo Caballero tomó la decisión de crear las Brigadas Internacionales, constituidas por voluntarios llegados de todo el mundo.

De la organización de las Brigadas Internacionales se encargaron los comunistas franceses y soviéticos. Otros voluntarios internacionalistas, como Mika Feldman-Etchebéhère y su compañero Hipólito Etchebéhère, ambos argentinos, se encuadraron en las milicias del POUM, las columnas anarquistas y otras formaciones. Por lo general, el reclutamiento se efectuaba en París y de ahí los voluntarios eran enviados al cuartel general de las Brigadas en Albacete. Los primeros llegaron el 14 de Octubre. Entre ellos se podían encontrar antifascistas de todo el mundo. Los más numerosos fueron los nueve mil franceses. Hubo ingleses, estadounidenses, latinoamericanos y muchos exiliados de izquierda alemanes e italianos. Codo a codo con la Columna Durruti, los primeros brigadistas tuvieron su bautismo de fuego en la defensa de Madrid, en noviembre de 1936. En febrero de 1937 las Brigadas Internacionales cumplieron un papel muy importante en la Batalla del Jarama. Allí los brigadistas estadounidenses e ingleses combatieron con fiereza pero fueron diezmados por el fuego fascista. Las Brigadas se agrupaban preferentemente por países de procedencia con el fin de cohesionar los grupos y permitir una mejor comunicación. La siguiente batalla fue la de Beltiche, en el verano de 1937."Los trabajadores españoles habrán lavado la vergüenza de la derrota sin combate de los trabajadores alemanes y escrito en los anales de las luchas obreras las páginas más fulgurantes de su historia". Carta de Mika Feldman-Etchebéhère


Durante ese año las Brigadas sólo pudieron defender la zona republicana, pero recibiendo graves bajas. Eso provocó una caída inevitable de la moral de combate. En Teruel, a comienzos de 1938, los batallones brigadistas también sufrieron enormes pérdidas. Reducidas a menos de diez mil combatientes, las Brigadas fueron también la punta de lanza de la batalla del Ebro, otra catástrofe republicana. El presidente español Juan Negrín ofreció en Ginebra la retirada de los combatientes extranjeros como un tanteo para negociar la paz, que después se reveló infructuoso. Muchos brigadistas se quedaron hasta el final, pero las brigadas fueron disueltas. Más de treinta y cinco mil luchadores de numerosos países llegaron a España para frenar a los fascistas. El despliegue de esos esfuerzos titánicos fue un caso único en la historia de la lucha política mundial. Las generaciones siguientes de luchadores internacionalistas se han sentido inspiradas desde entonces por ese ejemplo inolvidable.
Madrid saluda a los Brigadistas Internacionales


MIKA, CAPITANA DE LA REPÚBLICA“No he venido al frente para morir por la revolución con un trapo de cocina en la mano”. Carta de Mika Feldman-Etchebéhère “Perteneció a un mundo que una no conoce, ya no existe ese tipo de gente”. Comentario de su biógrafa Elsa Osorio (Buenos Aires, 1952).


En el mayo francés de 1968, una dama judía de sesenta y seis años calzada con unos guantes blancos, recogía adoquines explicando a los jóvenes manifestantes cómo evitar que la mugre en las manos los delatara ante la inspección policíaca. Micaela Feldman-Etchebéhère era argentina, nacida en Moisés Ville, y comandó una columna del POUM en la Guerra Civil Española. Fue amiga de Julio Cortázar, de Alfonsina Storni y de André Breton. Micaela (Mika) creció entre los relatos de los pogroms y las cárceles zaristas. Quinceañera, se incorporó al anarquismo en la ciudad de Rosario. En la Facultad de Odontología de la Universidad de Buenos Aires conoció a su compañero, el vasco Hipólito Etchebéhère. Primero se incorporaron al grupo estudiantil “Insurrexit”, militando entre anarquistas y marxistas. Incorporados al Partido Comunista en 1924, fueron expulsados dos años después por “trotskistas”. Hipólito comenzó a tener los primeros síntomas de tuberculosis. Durante cuatro años viajaron por la Patagonia en un carromato convertido en consultorio dental, juntando algo de dinero para viajar a Europa y recogiendo testimonios acerca de la por entonces reciente represión a los peones rurales. En 1931 llegaron a España.

La vida cultural y política de Berlín les permitió relacionarse con grupos políticos de izquierda, pero el ascenso nazi los obligó a huir a París. Allí se relacionaron con el grupo trotskista semi clandestino “Que faire”. La salud de Hipólito empeoró y tuvo que ser internado, por lo cual tuvieron que casarse para que Mika pudiera visitarlo en el hospital. Algo mejorado el esposo, el matrimonio partió a España cuando el Frente Popular venció en las elecciones de 1936. Tres días después de su llegada a Madrid, el golpe franquista desencadenó la guerra civil. Ambos se incorporaron a la columna de ciento cincuenta milicianos armada por el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), para frenar al aluvión fascista. A los dieciocho años, Hipólito ya había decidido ponerse al servicio de la revolución. A la vez que estudiaba la teoría marxista, se preocupó de adquirir conocimientos militares. Éstos le resultaron útiles. Hipólito fue escogido como jefe cuando un oficial de carrera, miembro de la sección madrileña del POUM rechazó aceptar el mando que le ofrecían sus compañeros dado que desconfiaba de la eficacia de la eficacia de las unidades de voluntarios que los partidos y los sindicatos pusieron en pie para hacer frente a la rebelión militar. En el primer combate, librado en Atienza el 19 agosto de 1936, fue herido de muerte. "Ha hallado la muerte -escribió Mika- para ganar la confianza de esos hombres recelosos cuya obediencia sólo se obtiene desafiando locamente el peligro… aquel fue para Hippo el tiempo más bello de su vida. Pero mi alegría estaba llena de angustia, pues yo sabía que Hippo estaba condenado, sin tener derecho a ponerle en guardia. Solamente me atrevía a decirle que no se hiciera matar demasiado pronto". Murió como deseaba morir: en el fragor del combate, no por tuberculosis.

Mika había hasta entonces trabajado en labores sanitarias, pero fue elegida de inmediato por los milicianos para reemplazarlo. Capitana. No era algo usual en esa guerra; las muchachas a lo sumo realizaban tareas auxiliares, no comandaban columnas armadas. Mika estaba en contra de ese relegamiento. “En otras compañías son las chicas las que lavan y hasta remiendan los calcetines”, protestaban los milicianos. “Las muchachas que están con nosotros son milicianas –les contestó Mika– no criadas. Estamos luchando todos juntos, hombres y mujeres, de igual a igual, nadie debe olvidarlo”. Pero no fue fácil para ella imponer su autoridad a esos hombres, revolucionarios pero machistas. Se esforzó por escuchar y proteger a los combatientes, pero asumiendo el lugar de jefa militar. Por ejemplo, en Sigüenza exigió al emisario fascista que le llevaran las condiciones de rendición por escrito y firmadas para ganar tiempo. Una orden estúpida había encerrado a los milicianos en la catedral, pretendiendo que repitieran allí lo que los franquistas lograron en el Alcázar de Toledo; pero esa iglesia tenía una estructura edilicia distinta. La artillería franquista perforaba los muros. La situación se convirtió en insostenible. El dilema era rendirse o intentar romper el cerco. Con un puñado de hombres, Mika lo logró. Acostada en el barro de las trincheras, Mika alentaba entre tiroteo y tiroteo a los milicianos, desmoralizados por la campaña antitrotskista del Partido Comunista. La mal armada columna del POUM, combatiendo contra un enemigo mucho mejor equipado, realizó proeza tras proeza. Sigüenza, Moncloa, Pineda de Húmera. Cada vez más alto el riesgo. Su fama temeraria hizo que los altos mandos la designaran para tomar el cerro de Avila. Los mandaron al asalto sin protección. Una masacre. En abril de 1937 fue detenida en Madrid, enviada a una corte e interrogada como trotskista y enemiga de la República. Gracias a gestiones de sus amigos fue puesta en libertad pero ya no se la permitió volver al ejército. Fue la mujer con mayor rango militar durante la Guerra Civil. "Que en esta guerra, que es la nuestra, mueran españoles me parece normal; pero que extranjeros como tu marido, como El Marsellés, como tú misma, vengan aquí a luchar por nosotros, a morir por nuestra causa, eso es algo grande". Carta de Mateo, un combatiente miliciano, a Mika Feldman-Etchebéhère


Permaneció en Madrid, refugiada en el Liceo Francés, hasta días antes de la derrota. En abril de 1939 llegó a París. Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, ante la inminente toma de la capital francesa por las tropas nazis, y su condición de judía y militante, tuvo que regresar a Buenos Aires, ciudad en la que permaneció hasta el final de la guerra. Retornó a París en 1946 y hasta su muerte en 1992 vivió en Francia. Dejó un testimonio de su actividad como capitana de las milicias en un libro titulado “Mi guerra de España. Testimonio de una miliciana al mando de una columna del POUM” (1976). Sus últimos años los pasó en una residencia para mayores de la rue Alésia. A su muerte fue incinerada y sus restos esparcidos en el río Sena por sus amigos franceses.

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LAS JORNADAS DE MAYO

"Viva la Ofensiva revolucionaria - Nada de compromisos - Desarme de la GNR y Guardia de Asalto reaccionarias - El momento es decisivo - La próxima vez será demasiado tarde - Huelga general en todas las industrias que no trabajen para la guerra, hasta la dimisión del gobierno reaccionario - Sólo el Poder Proletario puede asegurar la victoria militar - Armamento de la clase obrera – Viva la unidad de acción CNT-FAI-POUM – Viva el Frente Revolucionario del Proletariado – En los talleres, fábricas, barricadas, etc. Comités de defensa Revolucionaria."
Volante titulado "Viva la ofensiva revolucionaria", distribuido el 4 de mayo de 1937 en las barricadas de Barcelona, por La Sección Bolchevique-Leninista de España, grupo oficial de la IV Internacional (trotskistas).

Entre el 3 y el 8 de mayo de 1937 se desencadenó en Cataluña una breve guerra civil interna dentro del campo de la República, conocida como las “Jornadas de Mayo”. Se resolvió allí la contradicción antagónica existente dentro del bando republicano, entre los partidarios de mantener el capitalismo, por lo menos hasta ganar la guerra civil, y quienes impulsaban contra viento y marea la revolución social (anarquista o marxista revolucionaria). Fue el punto culminante del enfrentamiento entre la “legalidad republicana” de la preguerra y la revolución, que estaban en roce constante desde el 18 de julio de 1936. Durante esos 8 meses toda la región catalana había quedado bajo control de las milicias obreras de la sindical anarquista CNT-FAI y de la socialista UGT. Como resultado de un acuerdo de las mismas con el presidente Lluis Companys, se constituyó para gobernar la provincia el Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña. Allí estaban representados todos los partidos del “Front d'Esquerres” (Frente Popular en Cataluña). La “Generalidad” y el gobierno republicano central eran impotentes ante la revolución que estaba teniendo lugar en Cataluña y Aragón. Pero podían estorbar: por ejemplo, las industrias se habían colectivizado, pero cuando acudían a los bancos (colectivizados, pero bajo control comunista y de la “Generalidad”) a solicitar créditos, se los negaban por no estar supervisados por la “Generalidad”. En octubre el “Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña” se auto-disolvió y sus miembros pasaron a ser integrantes del gobierno de la “Generalidad”. Pero las “Patrullas de Control” (organismo armado revolucionario de poder, dirigido por la CNT-FAI) se mantuvieron. El clima de desconfianza y enfrentamientos estaba presente no solo entre las instituciones republicanas y las organizaciones obreras, sino inclusive dentro de éstas, especialmente entre los anarquistas, por un lado, y los socialistas, nacionalistas catalanes y comunistas, por otro. Incluso dentro de los propios comunistas existía una fuerte división.
Lluis Companys

La campaña del PCE contra el POUM ya había empezado durante el mes de marzo. Se vilipendió a los líderes del POUM y se les acusó de ser agentes nazis encubiertos bajo una falsa propaganda revolucionaria. Companys estaba decidido a unificar las fuerzas de seguridad en Cataluña bajo un solo mando y acabar con las “Patrullas de Control”. Pero el 26 de marzo, cuando se exigió la entrega de las armas a los partidos políticos, los anarquistas se retiraron del Gobierno de la “Generalidad”, lo cual obligó a Companys a ceder ante las exigencias anarquistas y estos siguieron conservando sus armas y continuaron con las “Patrullas de Control”. El 25 de abril el gobierno central arrebató a la CNT el control fronterizo y envió a la Guardia Nacional Republicana y la Guardia de Asalto a Figueras y otras ciudades del norte de Cataluña para sustituir a las patrullas de la CNT. La Central telefónica de Barcelona constituía un punto de evidente fricción dado que desde el comienzo de la guerra las CNT-FAI con la aquiescencia de la Generalidad, controlaba las comunicaciones telefónicas de Cataluña, incluyendo las llamadas gubernamentales, que eran vigiladas y censuradas sin ton ni son por los anarquistas. La toma de la central telefónica de Barcelona por la Guardia de Asalto enviada por el gobierno central desencadenó las hostilidades. Sin embargo, esas provocaciones sólo sirvieron de pretexto, pues los comunistas ya estaban decididos a liquidar por la fuerza la situación de doble poder, que consideraban intolerable en medio de la guerra contra el fascismo. El 3 de mayo, doscientos policías enviados por el Consejo de Orden Público de la Generalidad de Cataluña, se apoderaron del segundo piso del edificio de la Central. Los anarquistas abrieron fuego desde el rellano contra los invasores. Se presentó la Guardia Nacional Republicana junto a dos jefes de las “Patrullas de Control”, quienes persuadieron a los sindicalistas a rendirse. En la plaza de Cataluña se había congregado una muchedumbre. El POUM, los “Amigos de Durruti”, los leninistas-bolcheviques (trotskistas) y lasjuventudes anarquistas tomaron posiciones y al cabo de unas cuantas horas, todas las organizaciones políticas habían sacado las armas que tenían ocultas y empezaron a construir centenares de barricadas. El gobierno controlaba el este de las Ramblas; los anarquistas dominaban el sector oeste y todos los suburbios. En el centro de la ciudad, donde las sedes de los sindicatos y los partidos políticos se encontraban relativamente próximas, se empezaron a oír disparos. Los automóviles que circulaban eran ametrallados. En la Telefónica se había acordado una tregua. Las comunicaciones telefónicas, esenciales para la guerra, no se interrumpieron. La policía, instalada en la primera planta, incluso enviaba provisiones a los anarquistas, que ocupaban las plantas superiores. Como ni en la CNT ni en la FAI existía conducción unificada, las negociaciones eran dificultosas y los grupos maximalistas creaban situaciones de hecho. A primeras horas de la noche, los jefes del POUM propusieron a los aturdidos dirigentes anarquistas formar una alianza contra el comunismo y el gobierno, pero los líderes anarquistas se negaron. El 4 de mayo Barcelona amaneció en silencio, solo interrumpido por el fuego de fusiles y ametralladoras. Los comercios y edificios estaban cubiertos por barricadas. Grupos armados de anarquistas atacaron los cuarteles de la Guardia de Asalto y edificios gubernamentales. Los comunistas contraatacaron. La mayor parte del proletariado de la ciudad apoyaba a los anarcosindicalistas y se temía el comienzo de “una Guerra Civil dentro de la Guerra Civil”. Los dirigentes anarquistas moderados (“posibilistas”) García Oliver y Federica Montseny leyeron por radio un llamamiento a sus seguidores para que depusieran las armas y volvieran al trabajo. Montseny declaró más tarde que la noticia de los disturbios había tomado totalmente desprevenidos a los ministros anarquistas; ninguno de ellos deseaba un enfrentamiento con los comunistas. Tampoco el presidente Largo Caballero tenía ganas de emplear la fuerza contra los anarquistas. La 26ª División anarquista (ex “Columna Durruti”) del Frente de Aragón, al oír la alocución radial de García Oliver y Montseny, permaneció donde estaba. Pero la 28ª División (ex “Columna Ascaso”) y la 29ª División del POUM, proyectaban marchar sobre Madrid. El jefe de la aviación republicana en el frente de Aragón amenazó con bombardearles si la marcha se efectuaba. El POUM empezó a apoyar públicamente la resistencia. En los tiroteos que se produjeron este día, murió el conocido libertario Domingo Ascaso. Companys creó un nuevo gobierno con los anarquistas, Esquerra, el PSUC y la “Unió de Rabassaires”. Pero los tiroteos incontrolados seguían barriendo las calles. A las nueve y media de la mañana la Guardia de Asalto atacó la oficina central del sindicato médico, en la Plaza Santa Ana del centro de la ciudad, y la sede central de la Federación Local de la FIJL.



Hacia las cinco de la tarde los escritores anarquistas italianos Camillo Berneri y Francesco Barbieri fueron detenidos y asesinados por guardias comunistas. Con el pretexto de evacuar sus súbditos, atracaron unos destructores británicos, que el POUM denunció por intervencionismo. Los enfrentamientos en Tarragona y Tortosa provocaron más de sesenta muertos anarquistas. Por la noche Companys y Largo Caballero mantuvieron una conversación telefónica en el curso de la cual el presidente catalán aceptó la oferta formulada por el presidente del gobierno de enviarle ayuda para restaurar el orden. Varios navíos gubernamentales llegaron al puerto de Barcelona procedentes de Valencia, cargados de hombres armados. Una columna de cinco mil guardias de asalto partió de Madrid hacia la capital catalana. Algunos llegaron por carretera desde Valencia, después de dominar sendas revueltas en Tarragona y Reus. Los anarquistas locales habían volado los puentes, carreteras y ferrocarriles para impedir el paso a la columna. A las ocho y veinte de la mañana del 8 de mayo, llegó la expedición de los guardias de asalto a Barcelona y ocupó distintos puntos neurálgicos de la ciudad. Ese día la CNT reiteró su llamamiento radial para volver a la normalidad. Por la noche los milicianos comenzaron a ser desarmados. La prensa de la época calculó el número de bajas en 500 muertos y 1000 heridos. Las Jornadas de Mayo tuvieron también un luctuoso escenario en muchos pueblos. La mini guerra civil republicana de mayo de 1937 marcó el final del auge revolucionario español y a partir de allí la guerra tomó un cariz crecientemente defensivo. La consigna de ganar la guerra primero se impuso al coste de la derrota de la revolución. Coyunturalmente, los sucesos hicieron caer el gobierno de Largo Caballero, mostraron la incoherencia de la conducción anarquista y permitieron al comunismo ajustar cuentas con su único rival en el marxismo español: el POUM."... Aferrarse a los fragmentos del control obrero y repetir como loros fines revolucionarios es más que inútil: no resulta sólo obstaculizante, sino también contrarrevolucionario, porque conduce a divisiones que los fascistas pueden utilizar contra nosotros. En esta etapa no luchamos por la dictadura del proletariado..." George Orwell, resumiendo las posiciones del PSUC (comunistas catalanes), año 1938.

ANDRÉS NIN PÉREZ



“La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia: sencillamente, no dejando en pie ni una”.
Andrés Nin, declaraciones del 2 de agosto de 1936 al diario La Vanguardia

"Nin no se ha caracterizado por sus escrúpulos humanitarios respecto a la burguesía".
Hugh Thomas, Historia de la Guerra Civil Española

Nacido el 4 de febrero de 1892 en El Vendrell, hijo de un zapatero y una campesina, consiguió gracias al esfuerzo de sus padres y a su inteligencia, llegar a ser maestro. El año 1917 fue clave para su vida: la huelga general de agosto, la Revolución rusa o las luchas entre la patronal barcelonesa y laConfederación Nacional del Trabajo (CNT) le marcaron profundamente. Se integró primero en las filas del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), pero pronto abrazó la causa del sindicalismo revolucionario e ingresó en la CNT, donde tras asistir al segundo congreso de 1919, defendió su ingreso en la Internacional Comunista y sustituyó como secretario del Comité Nacional a Evelio Boal, que había sido asesinado. En noviembre de 1920 el propio Nin sufriría un atentado a manos de los “Sindicatos Libres” que casi le cuesta la vida. En 1921 fue elegido delegado al congreso de la “Comintern” en Moscú y al congreso fundacional de la Internacional Sindical Roja (Profintern) convirtiéndose en un personaje clave de ambas internacionales. En 1922 abandonó el anarquismo y se hizo comunista. Fue secretario de Nicolás Bujarin y de León Trotsky. Gracias a un puesto de trabajo en la Profintern, pudo visitar Francia, Italia y Alemania. A partir de 1926, perteneció a la llamada «Oposición de Izquierda» dirigida por Trotsky, que se oponía al ascenso de Stalin dentro del Partido Comunista de la Unión Soviética, por lo que Nin tuvo que abandonar la URSS en 1930. Llegó a dominar el ruso y produjo importantes traducciones al catalán, de los novelistas rusos del siglo XIX. A su vuelta a España, Nin fue clave en la formación de un grupo de orientación bolchevique-leninista, la Izquierda Comunista de España (ICE), en mayo de 1931. El ICE pronto se convirtió en un grupo afiliado a la Oposición de Izquierda Internacional y pasó a publicar el periódico El Soviet. Aunque disponía de algunos militantes muy destacados, la Izquierda Comunista era un grupo demasiado pequeño. Desde su exilio en Noruega el mismo Trotsky criticó duramente su línea política, porque Nin rechazaba las sugerencias “entristas” para que disolviera la ICE en el PSOE. Tras la proclamación de la Segunda República. Formó parte de laAlianza Obrera e intervino en los sucesos de octubre de 1934 en Cataluña. Al fusionarse la ICE con el Bloque Obrero y Campesino para fundar el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) en 1935, Nin fue nombrado miembro del comité ejecutivo del nuevo partido y director de su publicación, La Nueva Era.

Al año siguiente fue elegido secretario general del POUM. En mayo de 1936 también fue elegido secretario general de la Federación Obrera de Unidad Sindical (FOUS), que tuvo una fuerte implantación sindical en las provincias de Lérida, Gerona y Tarragona. Hasta julio de 1936 el partido había tenido una presencia muy limitada en el ámbito político catalán, y aún menor en el resto de España. Sin embargo, a partir de ese momento Nin y otros líderes del POUM empezaron a hacerse conocidos fuera de sus feudos tradicionales. Nin formó parte del Consell d'Economia de Catalunya entre agosto y septiembre de 1936. El 26 de septiembre fue nombrado consejero de Justicia de la “Generalidad”. El 14 de octubre de 1936 implantó por decreto los Tribunales Populares. La gestión de Nin como consejero de Justicia fue discutida, porque durante aquellos meses las ejecuciones extrajudiciales continuaron produciéndose. Las milicias del POUM también contribuyeron a la represión de los "fascistas" y "enemigos del pueblo". El 24 de noviembre el PSUC entregó a la CNT una propuesta sobre el establecimiento de un nuevo gobierno de la “Generalidad”, que incluía la salida de Nin como consejero de Justicia. Muchos miembros y líderes anarquistas no tenían aprecio por Nin, al que consideraban un renegado de la CNT, por lo que resolvieron que se trataba más bien de un conflicto entre marxistas. Andrés Nin siguió ejerciendo el cargo hasta el 16 de diciembre, cuando fue apartado tras la remodelación del consejo. Durante la primavera de 1937 la policía republicana “localizó” una supuesta carta escrita por Nin dirigida a Francisco Franco, en la que el líder “trotskista” respaldaría un plan de sublevación de la “quinta columna” (fascista) madrileña; la carta, en realidad una falsificación realizada por los servicios soviéticos (NKVD), constituyó una de las principales pruebas de acusación contra Nin. Después de los Sucesos de Mayo, la campaña comunista contraria al POUM se intensificó. Sus dirigentes fueron acusados abiertamente de conspirar con Franco. El 14 de junio el director general de Seguridad comunicó al ministro de Educación y Sanidad Jesús Hernández, que el jefe del servicio de seguridad soviético NKVD en España, Alexander Orlov, le había indicado que debía detenerse a todos los dirigentes del POUM. El jefe del NKVD alegó que existían pruebas que relacionaban al POUM con el espionaje franquista, y que era necesario que el gobierno no tuviera conocimiento de este plan porque el ministro de Gobernación, el vasco Julián Zugazagoitia, era amigo de los líderes del POUM. El 16 de junio las autoridades republicanas clausuraron la sede del POUM en el Hotel Falcón, y la cúpula del partido fue detenida por la policía. De acuerdo con el testimonio de Julián Gorkín, la policía republicana estuvo acompañada por dos agentes soviéticos. Andrés Nin fue separado del resto de la cúpula del partido, y desapareció. Se ha sostenido que Andrés Nin fue sometido a interrogatorios y que sufrió torturas durante los siguientes días a su detención. Hugh Thomas sugirió que Nin fue llevado a la Catedral de Alcalá de Henares, que funcionaba como una cárcel privada de los soviéticos. Algunos sostienen que murió en Alcalá de Henares. Sin embargo, varias circunstancias alrededor de su muerte, como si llegó a sufrir torturas o no antes de su ejecución, permanecen por esclarecer. Muchos años después Orlov, tras exiliarse en los Estados Unidos, intentó eludir su responsabilidad en la muerte de Nin y culpó de la misma a un supuesto agente soviético, llamado "Bolodin", que habría llegado expresamente desde la URSS. Sin embargo, no hay constancia de su existencia. Existen pocas dudas de que la orden de ejecución de Nin provino de Moscú. El destino final de sus restos continua siendo un misterio. El biógrafo de Nin, Francesc Bonamusa, explicó que “dado que Nin no era ningún funcionario del gobierno, fue imposible para los ministros de Justicia, Manuel de Irujo, y de Gobernación, Julián Zugazagoitia, obtener información sobre el paradero del antiguo consejero de Justicia”. Se extendió una campaña con el lema: «¿Dónde está Nin?». Los dos ministros comunistas aseguraron desconocer todo lo relacionado con este asunto. Juan Negrín, jefe del Gobierno de la República, dijo que había sido “rescatado por la Gestapo” y que se hallaba en Berlín. Los líderes republicanos resolvieron que era mejor no importunar a los soviéticos para así poder seguir recibiendo la preciada ayuda militar. No sentían un especial aprecio por el líder de este pequeño partido, al que consideraban un mero "grupo de agitadores que estaba perjudicando el esfuerzo bélico". El “vasco” Zugazagoitia, sin embargo, afirmó que esta acción se había realizado sin el conocimiento del gobierno republicano.

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TRAGEDIA E IMPOSTURA: LA REPRESIÓN DEL POUM EN LA ZONA ROJA



El Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) fue un partido revolucionario cualitativamente muy importante en los años treinta. Entre sus dirigentes se encontraban algunos de los principales fundadores del comunismo español. Estaba relacionado con la izquierda socialista y con el anarquismo porque su línea superaba el programa de la revolución democrática y ofrecía una opción socialista.

En el orden internacional, el POUM estaba relacionado con León Trotsky y grupos marxistas británicos y franceses. La existencia del POUM resultó intolerable para el stalinismo en el plano internacional, porque levantaba la propia historia soviética, la revolución de Octubre y sus líderes, del deliberado olvido al que Stalin deseaba relegarlos. Y respecto de España, ofrecía una atractiva propuesta muy alejada de la apoyada por el Kremlin. Ningún debate era posible; sólo el aniquilamiento físico del POUM podría satisfacerlo. Al asesinato de Andrés Nin y numerosos compañeros de lucha, puede agregarse el fusilamiento por consejo de guerra de José María Arenillas, teórico vasco del POUM y autor del importante libro La cuestión nacional en Euzkadi. Entre los “cuadros de confianza” soviéticos que actuaron en España se destacaba un grupo de diplomáticos como Antonov-Ovseenko, líder táctico de la revolución de Octubre de 1917, quien había pertenecido a la “Oposición de Izquierdas” entre 1923 y 1928. Todos fueron liquidados por su jefe al retornar a su país. Los "expertos" soviéticos, dirigidos por Alejandro Orlov, se complementaban con los cuadros políticos orgánicos de la Tercera Internacional, entre los que destacaron el argentino Victorio Codovilla (luego líder del PCA), y Palmiro Togliatti (luego Secretario General del PCI), probables autores físicos del asesinato de Nin. Todos se hallaban imbricados en el aparato estatal de la República y se afanaban en oponer a Franco una "democracia" a la manera occidental. Los miembros del POUM fueron acusados de "espías franquistas", y así lo afirmó con vehemencia la prensa comunista oficial. Pero décadas después se intentó justificar esta farsa con argumentos políticos, según los cuales el POUM quería "saltar" por encima de la etapa democrática. Ésta era la verdadera razón, finalmente reconocida. Razón endógena a la impotencia del PCE para competir por la conciencia proletaria con un contrincante cuantitativamente diminuto, pero invencible en términos cualitativos. Contradicción antagónica que sólo podía resolverse con el aniquilamiento físico del POUM. En la epifanía del comienzo de la revolución era irrealizable; hubo que esperar unos meses a que los vapores embriagantes del poder popular comenzaran a disiparse. Y no hay que olvidar que la puerta chica del POUM debía ser atravesada, además, por las majestuosas espaldas de la CNT-FAI: los mayoritarios anarquistas (quienes abandonaron la disputa por el aparato del Estado tratando de salvaguardar sus empresas autogestionadas, hasta que les fueron arrebatadas también y se revirtieron las colectivizaciones). Ese plan secreto impulsó la rotura de todos los sucesivos acuerdos por parte de los stalinistas. Sólo podía saciarlos la desaparición de los “trotskistas” y el disciplinamiento del anarco-sindicalismo.



Adiós a las audaces experiencias autogestionarias de Asturias y Cataluña. Posiblemente hubo un poco de ingenuidad en la cúpula del POUM; su partido no era débil, contaba con regimientos completos armados hasta los dientes. Pero sus dirigentes resultaron secuestrados por un golpe de mano del que venían siendo advertidos por Víctor Serge y el propio Trotsky. Tal vez supusieron que su enorme capital simbólico los blindaría. La horrible tragedia de este ajuste de cuentas entre corrientes políticas hermanas, fundadas pocas décadas antes detrás de las ideas del marxismo revolucionario, del sueño del socialismo, impulsa a reflexionar acerca de la distancia que existe entre los enunciados y los actos. El comunismo español, como el de otras naciones, poseía el capital simbólico de ser la encarnación peninsular de la primera república de trabajadores, la Unión Soviética. Sumaba a esa fuerza espiritual la de haber participado heroicamente en el levantamiento asturiano de 1934. ¿Cómo podría asimilar su base la voltereta política efectuada en 1935? Como hemos mostrado en la primera parte, la autocrítica no explícita de la Tercera Internacional respecto al aventurerismo sectario desplegado en los años ’20 y comienzos de los ’30, línea que cosechó derrota tras derrota, se reflejó en el subsiguiente oportunismo de derechas. En ciertos países, como Francia, éste pudo tener el relativo éxito de los Frentes Populares; pero donde bullía la Revolución, como en España, sólo podía imponerse abandonando los principios.



Pudo hacerlo, además, apoyándose en una herramienta esencialmente obrera: la tenacidad, la disciplina, en las que desde la juventud educa la fábrica fordista. Pero esas facultades resultan fatales cuando la organización vira a la derecha, hacia el abismo. Como es sabido, la guerra contra el fascismo se perdió. No fue ajena a ello la atmósfera policíaca, envenenada, que se respiraba en la zona republicana, la cual debilitó hasta los esfuerzos más heroicos. El último acto de la tragedia ocurrió en México, un año después de la derrota. El catalán Ramón Mercader, militante del PSUC, asesinó a León Trotsky por orden de Stalin. Como expresó el propio Trotsky, la revolución seguía devorando a sus hijos.

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CONCLUSIONES

Desde los primeros meses de la guerra civil, consciente el gobierno central del campo republicano de que se estaba desencadenando una revolución, puso en práctica una estrategia de reconstrucción del estado capitalista y recuperación de la propiedad privada. Pero no fue capaz de aniquilar las transformaciones revolucionarias. Solamente la victoria de Franco pudo poner fin al proceso revolucionario colectivista. Ello se debió a una situación de doble poder dentro de la República. Al final de la guerra el Movimiento Libertario computaba aún unos 300.000 hombres en armas repartidos en diferentes Cuerpos de Ejército. El sistema de colectivización fue el hecho principal de la revolución española.



La cantidad de tierras que entraron en ese régimen por medio de las incautaciones abarcó los casi dos tercios de las tierras cultivadas en la España republicana. La mayor parte de esas colectivizaciones fue de obra de la CNT, en menor número de la UGT, y cierto número gestionada conjuntamente por ambas. Una diferencia cualitativa se daba en el tratamiento de la pequeña propiedad y aparcería. Dado que una buena cantidad de pequeños propietarios se había afiliado a la UGT para librarse de las incautaciones, ésta favorecía la producción individual (aunque los sectores más radicalizados de la Federación Española de Trabajadores de la Tierra, de la UGT, tuvieron problemas con los individualistas y les enfrentaron). En la CNT había razones de principio contra la pequeña propiedad individual. Pero no se prohibió el trabajo individual, siempre que se redujera a una extensión que no exigiera trabajo asalariado y que el campesino individual en cuestión llevara sus productos a la cooperativa en común de consumo. La mejoría en la explotación agraria bajo este régimen colectivista de producción llegó a sobrepasar el 100 % de la producción anterior a la guerra, a pesar de todas las dificultades que de ésta se derivaban. La transformación de las estructuras era un hecho consumado. La conducción revolucionaria creyó necesario adquirir posiciones de fuerza en el campo de las decisiones políticas para asegurar la intangibilidad de las conquistas. El sector político representante de la burguesía, incapaz de forzar una vuelta atrás, intentó una maniobra. A la vez que daban satisfacción a las propuestas más radicales, fueron dejando en pie resquicios legales que les permitieran ir socavando el régimen de colectivización. La estrategia comunista consistía en intentar reconvertir la colectivización en nacionalización para controlar la economía desde sus puestos de dominio central, y, junto a ello y con el fin de engrosar su militancia e influencia social, defender también la aparcería individualista y a los pequeños y medianos propietarios, en lo que coincidían con el nacionalismo catalán.



¿Por qué actuaban así los comunistas? El PCE se hallaba ante una disyuntiva. Podía abrazar una alianza obrero-campesina con los anarquistas y el POUM, profundizando la revolución social, o contrariamente, lanzar un “frente popular” con los pequeños propietarios y la burguesía republicana. Esta última opción, como hemos visto más atrás, constituía desde 1935 la línea oficial de la Tercera Internacional. El “Komintern” había abandonado la estrategia ultraizquierdista adoptada en 1924 y que venía acumulando derrotas, por el oportunismo de derecha de los “frentes populares” lanzados al tuntún, vinieran o no al caso.
Madrid

Hemos visto que, para frenar el avance del fascismo en Francia, como estrategia defensiva, no estaba del todo mal. Pero en una situación revolucionaria como la española, semejante alianza con la “derecha de la izquierda” (esto es, los socialdemócratas y la burguesía republicana) obligaba al PCE a funcionar como “bombero” y no como “incendiario”, contrariando todas las tradiciones bolcheviques. El decreto del 7 de octubre de 1936, del comunista ministro de agricultura Vicente Uribe, ya reflejaba claramente esta intencionalidad, pues dejaba a muchos propietarios fuera de la incautación y alentaba a aparceros y cosecheros a la recuperación de sus tierras para crear inseguridad en el régimen de colectivización. Sin embargo, el 24 de octubre de 1936 la “Generalidad” de Cataluña promulgó el “Decreto de Colectivización de las Industrias y Comercios y Control de las Empresas particulares”. Era un documento extraordinariamente avanzado en el territorio que concentraba las tres cuartas partes de la actividad industrial del país, lo cual era un indicio de la potencia que había adquirido la institucionalización revolucionaria. Pero un mes y medio después, la misma Generalitat legalizó la Federació de Sindicats Agricoles, de rabassaires y propietarios, en una esquizofrénica línea anti-colectivista. Era evidente que en lo económico, el gobierno central no lo iba a tener tan fácil como en lo político. Una economía montada sobre la colectivización no podía de ningún modo desmontarse a base de decretos. En los primeros de marzo de 1937, un decreto del Ministro de Comercio Juan López ordenó la incautación de todas las exportaciones al extranjero. Los colectivistas procedieron lisa y llanamente a desobedecer. El gobierno recurrió entonces a la violencia, ocupando el centro obrero de Vilanesa (Valencia), lo que dio lugar a que la anarquista “Columna de Hierro” bajase del frente de Teruel y procediese, también violentamente, a la defensa de los colectivistas. No le resultaba sencillo a la cúspide republicana poner en práctica ese tipo de decisiones.



Los “sucesos de mayo” de 1937 en Barcelona generaron un recrudecimiento represivo gubernamental sobre las transformaciones revolucionarias establecidas por la CNT, principalmente, sobre las colectivizaciones. Con el temor de que el creciente descontento de los colectivistas pusiera en peligro la recolección de las cosechas, el ministro Uribe decretó a principios de junio de 1937 que se mantenían legalizadas todas las formas consumadas de colectivización. Nunca se otorgó una condición permanente de legalidad a las colectivizaciones, aunque Uribe tampoco pudo eliminarlas. Un ejemplo de la impotencia por ambas partes de llevar a término extremo sus designios lo muestra, claramente, el caso del Consejo de Defensa de Aragón, constituido de hecho en septiembre de 1936 y legalizado el 17 de diciembre del mismo año. Dado que el mencionado Consejo, que gozaba de autonomía y era un modelo de eficacia revolucionaria, era un obstáculo de primer orden a los intentos centralizadores, decidieron disolverlo. Primero se enviaron a la zona refuerzos militares comunistas que realizaron toda clase de detenciones, asaltos y pillajes, así como devolvieron las tierras a aparceros, arrendatarios y propietarios, los cuales pasaron también a entrar a saco en el conjunto de las tierras y los bienes comunes. Pero estos hechos produjeron tal desorganización en el campo, que el poder central tuvo que retroceder en esas medidas.

En el caso de la industria, desde julio de 1936 fue igualmente generalizada la colectivización, salvo en los casos de empresas extranjeras, en las que se impuso el control obrero, limitando el área de decisiones de los propietarios al campo de la percepción de beneficios de los que, sin embargo, no podían disponer sin previa autorización del Consejo Económico de la Industria, regido por el control obrero. Los intentos de incautación por parte del gobierno comunista, así como desde la Generalitat y por parte de los funcionarios rusos como “asesores”, fueron más tardíos que en el campo y se sucedieron desde principios de 1938. Juan Comorera, Consejero de Economía de la Generalitat emitió, el 19 de enero, un decreto de incautación de los espectáculos públicos, a lo que las bases respondieron con una huelga general. Comorera tuvo que contentarse con que se nombrara un organismo de intervención con mayoría de la CNT. También en las Industrias de Guerra los procesos de incautación fueron muy lentos. La resistencia de la base fue muy grande. La FAI consideró los intentos de requisa como un atentado a las libertades y a los derechos del pueblo español. El gobierno comenzó a controlar algunas industrias en Valencia. Ante la resistencia, el 11 de agosto de 1938 promulgó un decreto de militarización de las industrias de guerra, como medida más coercitiva, y a emplazar en ellas técnicos de confianza, miembros del PC. Se creó una numerosa burocracia, con consecuencias lamentables. La resistencia obrera impidió que la incautación pudiera completarse. Los talleres de Madrid se negaron a entregar la producción, a menos que se constituyera el Consejo Nacional de Industrias de Guerra. Lo mismo sucedió en Valencia. La UGT accedió, a regañadientes, a la incautación, pero la CNT no. En el mes de diciembre de 1938, a menos de un mes de la caída de Cataluña en las manos de Franco, todavía la incautación no se había realizado. Ahora bien, toda esta conmoción colectivista se reflejó en la forma de vida de las personas. Durante las últimas ocho décadas, los medios de comunicación occidentales y de los países del socialismo real utilizaron el concepto de anarquismo como sinónimo peyorativo de desorden y caos. Pero el colectivismo anarquista que se impuso a partir de la revolución de 1936 en la zona catalana no era un anarquismo de los actos al azar, ni de carácter puramente individualista o hedonista.
Madrid

En “Homenaje a Cataluña”, por ejemplo, George Orwell comienza con una descripción de su llegada a la ciudad, tomando nota de los cambios físicos efectuados por los anarquistas y los trabajadores. La mayoría de los edificios habían sido capturados por los trabajadores, las iglesias habían sido evisceradas o demolidas, no existían automóviles privados o taxis, las tiendas y cafés se habían colectivizado, y los símbolos de la revolución abundaban. El efecto que esta colectivización tuvo sobre el pueblo era lo que resultaba más llamativo. Los camareros y vendedores de las tiendas te miraban a la cara y te trataban como a un igual. Las formas serviles e incluso ceremoniales del habla habían desaparecido. Nadie decía "señor", "don" o "usted"; cada uno llamaba a todos los demás "camarada" y "tú", y decía "¡salud!" en vez de "buenos días". El aspecto de la multitud era extraño. En apariencia, era una ciudad en la que los ricos habían dejado de existir. No había nadie vestido con distinción. Todo el mundo llevaba ropas de la clase trabajadora, overol azul o uniforme de miliciano. Decía Orwell: “Todo esto era raro y en movimiento. Había mucho en él que yo no entendía; en algunos aspectos, ni siquiera me gustaba; pero lo reconocí de inmediato como un estado de cosas por el que vale la pena luchar”.

Como herederos de los bolcheviques ¿cómo podían los comunistas españoles rechazar una sociedad así? Tengamos en cuenta que las únicas experiencias similares anteriores habían sido los cuarenta días de la Comuna de París, masacrada en 1871, y la victoriosa experiencia soviética instaurada en 1917, por entonces de sólo veinte años. La gran diferencia con ésta residía sin duda en la democracia revolucionaria instaurada en España. El leninismo soviético había competido inicialmente (1917) con la Duma o parlamento, resolviendo a su favor esa situación de doble poder, pero instaurando una autocracia de partido que probablemente salvó a la revolución rusa, pero al costo de su espíritu. En otras palabras, la dictadura del proletariado descrita por Marx no debería ser una dictadura sobre el proletariado. Así, las clases obrera y campesina fueron reemplazadas por el partido comunista soviético en el esquema del poder. Con la instauración del stalinismo en 1924, el partido fue reemplazado por la dictadura del comité central, ésta por la dictadura del secretariado y el secretariado por el unicato. A este proceso llamó Trotsky “degeneración burocrática” del poder soviético. Muchos años después, en 1990, esta degeneración culminó de la única manera posible, liquidando los restos de la revolución, desintegrando a la Unión Soviética y reinstaurando el capitalismo. Pero cumpliendo hazañas deslumbrantes y perpetrando daños incalculables en las décadas intermedias, todo en nombre de la revolución.

Después de liquidar al POUM y domesticar un poco a los anarquistas, los comunistas españoles quedaron a la cabeza político-militar de la república. Se dieron el gusto de tener un ejército con mando centralizado, frente al mando también centralizado de los “nacionales”. Los comunistas pelearon como leones. Estuvieron a punto de dar vuelta la guerra cuando cruzaron el Ebro y se lanzaron sobre el corazón de la zona fascista. Pero ya era tarde. Cayó Cataluña y meses después, Madrid. Para el historiador burgués Hernando Hernández Sánchez, en su libro de 2011 “Guerra o Revolución. El Partido Comunista de España en la Guerra Civil” el PCE 'fue una fuerza política que ocupó un lugar periférico y marginal en el sistema de partidos mientras mantuvo un discurso esencialista, radical y sectario, al menos durante el período republicano, conformando un grupo minúsculo hasta que comenzó la contienda, para posteriormente enarbolar la bandera del antifascismo una vez estallada la guerra, siendo el partido capaz de compaginar un ideario de izquierdas de amplio espectro, con una centralidad política básica en ese momento, donde la revolución de la CNT y del ala izquierdista del PSOE asustaban a una gran cantidad de ciudadanos ajenos a tesis tan radicales para su comprensión… [pero] su propia grandeza no fue lo suficientemente potente como para dominar todo el escenario republicano, ni político ni militar'. Traduciéndolo al castellano, el PCE pasó de ser una organización pequeña y débil, a convertirse en el eje de un masivo frente antifascista, interpelando a las fracciones de clase aterrorizadas por la revolución (burguesía republicana, clase media urbana, pequeños propietarios rurales). Por supuesto que sólo pudo hacerlo abandonando y enfrentando a las clases o fracciones de clase que estaban haciendo la revolución: el proletariado y el campesinado pobre. Esa fue la “grandeza” insuficiente del PCE, Hernández Sánchez dixit. Esas fuerzas sociales empecinadas, obreros y campesinos, no pudieron ser convencidas de la majestuosidad de la política de “primero la guerra, después la revolución”.

Esta extravagante estrategia resulta completamente excepcional en la historia de los levantamientos sociales, más bien única en toda la secuencia de las luchas militares de los pueblos desde los tiempos de la guerra de los campesinos en Alemania, hasta los recientes levantamientos en Colombia y Centroamérica, pasando por las revoluciones francesa, rusa, china, coreana, yugoeslava, vietnamita, cubana, en fin. El partido bolchevique triunfó en la Unión Soviética poniendo en práctica las módicas consignas revolucionarias “paz, pan y tierra”. Los que decían en 1917 “primero la guerra, después la revolución” fueron los derrotados mencheviques. Los pueblos no hacen la guerra “a crédito” de reivindicaciones futuras. El movimiento comunista internacional tampoco volvió a aplicarla. Centenares de miles de muertos y cuarenta años de fascismo: alto costo para un aprendizaje. La opinión impuesta por la prensa y demás medios masivos de occidente, repetida durante décadas hasta la náusea, fue que la Guerra Civil española resultó un fracaso colosal, y que no consiguió ningún resultado concreto. Fracaso atribuido a la “responsabilidad” de los socialistas, los anarquistas, los comunistas, los trotskistas, dependiendo de quién hace la evaluación. El comunismo oficial suele culpar de la derrota al bloqueo anglofrancés, que impidió que la república recibiera pertrechos y refuerzos en la magnitud que Franco los obtuvo de Hitler y Mussolini. Pero resulta ingenuo pensar que las grandes democracias occidentales iban a ser solidarias con la máscara democrático-burguesa de la revolución española. Dos décadas antes, la revolución bolchevique no sólo sufrió el bloqueo sino la intervención militar masiva de las potencias “democráticas” entre 1918 y 1922, intervención que logró vencer movilizando para la guerra a todo el pueblo soviético. Difícil hubiera sido obtener ese apoyo si no se ponía en práctica la revolución al mismo tiempo que se combatía. Queda preguntarnos hoy, fallecidos los protagonistas de esa gesta inolvidable qué fue la revolución española, qué enseñanzas extraer de tantos profundos errores y de tantos deslumbrantes aciertos.
Emigrantes españoles. 1957- Parten hacia la Argentina desde La Coruña- Artista: Manuel Ferrol

La primera enseñanza que podría extraerse es que la revolución es una emergencia inmanente del movimiento de masas. Ninguna acción partidaria puede reemplazar esa emanación titánica. La segunda enseñanza es que las conducciones políticas de los movimientos no pueden garantizar la victoria, pero sí pueden provocar la derrota. Las conducciones son indispensables, ya que las masas libradas erráticamente a una evolución ciega resultan presa fácil de sus victimarios. Pero pueden llevar a las multitudes a rumbos profundamente erróneos. Por lo cual es preciso consolidar los liderazgos, pero desconfiar de las supuestas vanguardias. La tarea más importante en la actualidad es descubrir entre la neblina las leyes que rigen el movimiento de la lucha política de clases. Aunque la clase obrera contemporánea es muy distinta de la que combatió en España en los años ’30, nuestro deseo profundo se hermana con esa Barcelona obrera y campesina descrita por Orwell y que aunque parezca un sueño, realmente existió.
Despedida a las Brigadas Internacionales

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Las fotos y afichas publicados por purochamuyo.com / Cuadernos de Crisis son de dominio público y/o se encuentran en Bibliotecas y sitios de público acceso. Agradecemos particularmente a la Universidad Complutense de Madrid que guarda el archivo de fotos históricas del PCE, y a numerosos blogs y páginas que conservan fotos y testimonios aquí utilizados.
Buenos Aires. Julio 2016

Tuesday, 19 July 2016

¿Y si España hubiera quedado dividida tras la Guerra Civil?


¿Y si España hubiera quedado dividida tras la Guerra Civil?
18JUL 2016
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Iñaki Berazaluce



En marzo de 1937, la Guerra Civil española había llegado a una situación de tablas: la mitad oriental de la península permanecía fiel al Gobierno republicano, mientras Galicia, Castilla y la Andalucía occidental, de Málaga a Huelva, había caído bajo el control de los militares golpistas. En la cornisa cantábrica, una franja poblada por irreductibles republicanos resistía al invasor desde Bilbao a Santander.

El brutal bombardeo de Guernica por parte de la Legión Cóndor y la aviación italiana al servicio de las tropas sublevadas determina la entrada en la guerra de la URSS que, hasta entonces, había prestado un tímido apoyo militar al Gobierno republicano de Manuel Azaña. La intervención soviética no fue gratuita: Stalin exigió a Azaña la revocación de Largo Caballero como jefe de Gobierno y su reemplazo por la prominente comunista Dolores Ibárruri, La Pasionaria.

Los 20.000 hombres de la 3ª División del Ejército Rojo al mando del general Georgy Zhuzov desembarcaron en mayo del 37 en el puerto de Valencia desde su base en Odessa. Zhukov llegó a España en calidad de asesor militar del Gobierno republicano, pero tras la exitosa campaña de Aragón, que cambió el curso de la guerra y abrió un corredor que conectó Barcelona, Zaragoza y Bilbao, fue ascendido a Ministro de la Guerra por Ibárruri, obediente a las órdenes de Moscú.

La contraofensiva republicana provocó las primeras divisiones internas entre la cúpula militar golpista. El general Queipo de Llano confabuló contra sus rivales del «ejército moro» y el general Franco fue señalado como culpable de la derrota de la Batalla de Zaragoza. Franco fue degradado a teniente y recluido en Melilla acusado de «alta traición» a la Junta de Defensa Nacional. Dos años más tarde, en 1939, fue fusilado tras liderar un cuartelazo secundado por varios mandos de la Legión africana.



Bandera de la España soviética, Alt Historia.

El frente de batalla de 1938, que dividía casi parejamente la península de sur a norte, fue enquistándose hasta convertirse en una frontera. El avance del Ejército Rojo fue frenado por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, en tanto que la URSS detuvo el envío de tropas y material bélico hacia España, preparándose como estaba para la inevitable confrontación con la Alemania nazi.

El 1 de octubre de 1940, el Triunvirato Militar que integraban Queipo de Llano, Mola y Sanjurjo nombra presidente de la «España Libre» a José María Gil-Robles, que había ejercido de ministro de la Guerra con Lerroux durante la II República. El Gobierno de Gil-Robles, siempre bajo la estrecha vigilancia de sus valedores espadones, se instala en Sevilla, «reserva espiritual» de la «España liberada».

Entre tanto, La Pasionaria inicia desde Madrid la sovietización del campo en laRepública Democrática de España. Las tierras de labranza de Cataluña, Valencia, Aragón, Murcia y la mitad oriental de Andalucía y Castilla son requisadas a sus dueños y cedidas a consejos de obreros y campesinos, un «doloroso pero necesario» proceso orquestado por el comisario Juan Negrín, instruido previamente en el Sóviet de Petrogrado.


El control de los Pirineos por parte de los rusos fue clave en la derrota del Eje en la conflagración mundial. La «España Libre» quedó a merced del Ejército Rojo, pero el desembarco de Lisboa (1944) por parte del Ejército de EE UU logró frenar las tentativas expansionistas de Stalin en la península Ibérica. El general Patton puso el I Cuerpo Blindado del ejército de EE UU al servicio del gobierno de Gil-Robles. Portugal y la mitad occidental de España se convirtieron en una suerte de protectorado de Estados Unidos para «frenar a la ponzoña soviética en la Europa liberada». A cambio, ambos países fueron regados con el maná del Plan Marshall (1947-1951).



Postal conmemorativa de Valenciagrado, 1951.

Los doce millones de habitantes de la República Democrática fueron tentados a desertar del «yugo soviético» con la campaña de propaganda «Aquí vivimos mejor, ¡cruza!». Muchos siguieron el consejo, especialmente en las zonas fronterizas de Cataluña y el País Vasco, pero otros muchos perecieron en el intento de atravesar el Muro de la Libertad, erigido por el Gobierno republicano-soviético y que cruzaba España en diagonal como una gigantesca cicatriz que «podía verse desde el espacio», exageraba el generalato anticomunista.

De cualquier forma, la lejanía del poder de Moscú y la natural tendencia del español a tomarse a pitorreo la autoridad instauró en la España bolchevique una versión bastante descafeinada del régimen comunista de Europa del Este, más parecida a la Yugoslavia de Tito que a la Bulgaria de Dimitrov. Por ejemplo, los campos de reeducación de Teruel soportaban temperaturas de -20º, mucho más benevolentes que las que tenían que sufrir los sospechosos de desafección del Sóviet en Siberia. El régimen divulgó la falaz idea «Teruel no existe» para acallar las habladurías sobre el Gulag maño.

Mas no todo eran sinsabores en la mitad bolchevique de España: Ibizhenko se convirtió en un balneario para el descanso de los veteranos rusos de Stalingrado mientras BeniGrado se pobló de gigantescos edificios de hormigón para solaz de los obreros y campesinos del Soviet mediterráneo. De la Estación Espacial de Minglanilla (QenK) partió la primera misión tripulada espacial de la historia.

En 1981, anticipándose una década al desplome de la Unión Soviética, los máximos mandatarios de la España dividida, Suárez y Manglano, acordaron celebrar un referéndum conjunto sobre la reunificación. El «sí» barrió en ambos lados del muro y, 45 años después, España volvía a ser «Una, grande y libre», el eslogan consensuado para presentarse como una nación moderna ante la comunidad internacional.

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Sunday, 17 July 2016

Memories recovered 18 July !!! The Chinese volunteers who fought in the Spanish civil war


The Chinese volunteers who fought in the Spanish civil war - their amazing courage and obscure fates.


Illiterate farmers, manual labourers, civil servants – some 100 Chinese joined the International Brigades helping fight General Franco’s fascists 80 years ago. Despite being few in number, they left a lasting impression


BY GARY JONES


15 JUL 2016





Xie Weijin (third from right at the back) with fellow inmates at Gurs internment camp, in France, in 1939.





In the autumn of 1937, Zhang Ruishu was enjoying a rare break from his 14-hour days on the frontline. One of very few, if not the only, Chinese in Madrid, he hadn’t asked for time off – there was so much to do – but his commander had insisted he take a break. The Spanish capital was decorated with defiant if raggedy banners reading No pasarán (“They shall not pass”) and Madrid será la tumba del fascismo (“Madrid will be the tomb of fascism”). Zhang had seen many such signs before. At a newsstand, however, a large promotional poster for Spanish news magazine Estampa caught his eye.


Xie Weijin (left) and Zhang Ji (right) with a fellow Chinese in Spain, in 1938. Photo: courtesy of Abraham Lincoln Brigade Archives


The intriguing poster featured a man’s face in profile. It wasn’t a handsome face, but ruddy and weathered, with tightly cropped hair, hollow cheeks and a muddle of crooked teeth in a mouth set slightly agape – the face of a no-nonsense man who had known hardship. Suddenly, a crowd was gathering around Zhang; eyes were widening and fingers pointing. “That’s him!” they cried, lunging forward to shake the stranger’s hand.


The Chinese soldiers who fought in the American civil war


Almost 20 years to the day since he had first set foot on European soil, the humble 44-year-old from Shandong province, now a medic with Republican forces fighting fascism in the Spanish civil war, was being hailed as a hero in a country almost 10,000km from home.


Zhang Ruishu on the cover of Estampa magazine.


Just over a year earlier, on July 17, 1936, at the same time as militaristic Japan was becoming increasingly assertive in China, a group of right-wing officers in the Spanish Army, led by General Francisco Franco, rose against the demo­cratically elected Republican government. The move marked the beginning of a civil war that was to last for two years and eight months and provide a prelude to an even greater conflict in Europe.


While Franco’s Nationalists were openly assisted by the German and Italian forces of fascist dictators Adolf Hitler and Benito Mussolini, democratic nations including France and Britain operated an official policy of non-intervention, to the disgust of many of their own people, who saw the struggle as a fight against the evils of fascism and a prelude to even greater conflict in Europe.


Book review: Among the Headhunters - amazing true story of wartime grit in Burma


In response to their governments’ indifference, tens of thousands of workers, trade unionists and left-wing students mobilised and headed to Spain, to take up arms. The number of overseas combatants who fought in what came to be known as the International Brigades has been estimated at 40,000, with volunteers flooding in from 53 countries, including France (9,000 people), the United States (2,800), Britain (2,500), Poland (3,000) and even Germany (4,000) and Italy (3,000). They came from Costa Rica and Albania, from Greece, Cuba and Argentina, from Finland, Ireland, South Africa and Bulgaria.


And they came from China.


Hwei-Ru and Len Tsou.


A multi-decade investigation by Len and Hwei-Ru Tsou, two American-Taiwanese research scientists (now retired and living in San Jose, California), has shown that more than 100 Chinese fought shoulder-to-shoulder with the Republicans. Some of their stories are detailed in the couple’s book, The Call of Spain: The Chinese Volunteers in the Spanish Civil War (1936-1939), which was first published in traditional Chinese in Taiwan in 2001 (and extended in 2015), and in Spanish and simplified Chinese in 2013, with new material to be added as it comes to light.


The Tsous’ call to arms was a documentary film made in the US.


Xie Weijin in Spain, as a soldier in the Spanish civil war.


“I think it would have been around 1986 when we saw The Good Fight,” says Len Tsou, pointing out that the documentary focused on the Abraham Lincoln Brigade, a battalion of American fighters that had travelled to Spain. “We were really surprised that so many volunteers from everywhere in the world had joined up. Our interest in the International Brigades started then, and we learned as much as we could.”


That year was the 50th anniversary of the war’s commencement, and Abraham Lincoln Brigade veterans published a brochure to mark the occasion. It contained a complete roster of the volunteers.


“Len and I looked through and there were three Chinese-looking names in there,” says Hwei-Ru Tsou. “We were so shocked. The Chinese at that time were fighting for their own survival – trying to push away the Japanese aggression.”


In love and war: a Hong Kong honeymoon for Ernest Hemingway and Martha Gellhorn


A seed had been sown, and the couple dug deeper. With many war veterans growing old, the researchers had to move fast, travelling many times to Spain, China, France, the Netherlands, Bulgaria, Germany and other countries to interview ex-soldiers, former volunteers, relatives and friends, and sifting through reams of official documents.


Bi Daowen (fourth from right) as a guest in Yanan of Mao Zedong (far right), in the 1940s.


They discovered that the Chinese had come from all backgrounds, some from civil-servant families, others had been the lowliest of manual labourers and illiterate farmers. As their numbers had been relatively small, there had been no official Chinese brigade in Spain, and they fought in battalions from other nations, usually chosen depending on their language skills.


While Franco’s Nationalists had might on their side, the Republicans were not completely alone: they received material aid and more than 2,000 combat troops from the Soviet Union.


Mao Zedong sent an open letter of support to the Republicans in May 1937.


A banner from Zhu De, Zhou Enlai and Peng Dehuai supporting the Chinese volunteers fighting in the Spanish civil war.


“If not for the fact that we have the Japanese enemy in front of us,” Mao wrote, “we would surely go join your troops.”


What Mao perhaps did not know was that, by then, a number of Chinese were already there.


Zhang’s road to Europe began as early as 1917, when – at the height of the first world war – Britain and France recruited more than 100,000 Chinese to labour in factories whose regular workforces were now fighting at the front. Born into extreme poverty in 1893, Zhang – orphaned since a teenager, jobless, illiterate and desperate – signed up, boarding a ship packed with almost 2,000 other Chinese men bound for Marseilles.


After a gruelling 70 days at sea, Zhang was put to work in a French paper mill. In less than a year, however, Germany had surrendered, the war ended and the Chinese workers were surplus to French requirements. The majority were shipped home.


With no family and no prospects back in China, Zhang decided to stay and try his luck, taking on the unpleasant and dangerous jobs (disinterring corpses and detonating unexploded gas bombs, for instance) that the French avoided.


Also hailing from Shandong, stout and plucky Liu Jingtian was born in 1890. After a stint in the Chinese army he too journeyed to France in 1917, remained when the war ended and, in 1924, he and Zhang (increasingly an auto­didact now teaching himself French) secured steady employ­ment at the Renault car-manufac­tur­ing plant in the western Paris suburb of Boulogne-Billancourt. Like many industrial workers at the time, they joined the French Communist Party and, when the Spanish civil war broke out, they were called upon to down tools, cross the Pyrenees on foot and slug it out with fascism.


Zhang and Liu arrived in Spain in November 1936, and though they asked to become International Brigade machine-gunners, their ages (both were in their 40s) saw them assigned to medical teams as stretcher-bearers, frequently charged with rescuing wounded soldiers while under fire. As described in Estampa, Zhang was wounded in the chest, shoulders and hands while discharging his duties. A dramatic, heat-of-battle photograph depicting Liu rescuing a wounded soldier was published in Spanish newspaper Frente Rojo, and he was lauded in print for his heroism.


“At the time, it was likely they would not get their [Renault] jobs back; they might not even be able to return to France,” says Hwei-Ru Tsou, “but they went anyway, because it was a very important fight. These two guys were not young, they were both single, and they said to them­selves, ‘If the French workers are going, when they have families, they have children, then we are going, too.’ They were extraordinary, and so well loved by their comrades. They were so brave.”


A Republican fighter in Barcelona, in July 1936. Photo: AFP


Fighting with the Abraham Lincoln Brigade, Zhang Ji from Minnesota and Chen Wenrao from New York were also originally from China. Chen, born in Guangdong province, was killed at the bloody Battle of Gandesa, in 1938, aged 25. Zhang, however, survived the war in Spain.


Coming from an educated family of relative privilege in Hunan province, Zhang Ji had left China for San Francisco in 1918, receiving a degree in mining engineering from the University of Minnesota in 1923. After the financial crash of 1929, he lost his job as an engineer and became radicalised, joining the Communist Party of the United States in 1935. In March 1937 – aged 37 – Zhang Ji boarded the SS Paris ocean liner in New York and headed for France, then cross­ed the Pyrenees into Spain. Tall, slim and ungainly, and not the physically strongest of volunteers, Zhang Ji was initially assigned as a truck driver, before taking desk duties.


Xie Weijin delivers a banner from strikers in Hong Kong to German Communist Party leader Ernst Thalmann in Berlin in 1927


Described in The Call of Spain as quiet and mysterious, Chinese-Indonesian doctor Bi Daowen (who also went by the Indonesian name Tio Oen Bik) of Java was 31 when he arrived in Spain, in September 1937, while one of the most fervently political of the Chinese was slight, bespectacled Xie Weijin, who was born in Sichuan province in 1899. Xie participated in the anti-imperialist May Fourth Movement in Shanghai in 1919 before heading for France.


In the 1920s, he joined the Communist Youth League in Europe and the Communist Party of China’s European Branch, and a photo taken at a meeting in Berlin in 1927 shows Xie handing over a banner reading “from the strike workers of Hong Kong and Kowloon” to the German com­munist leader Ernst Thälmann, who would be shot on Hitler’s orders in Buchenwald concentration camp in 1944.


Spanish Republicans armed against Nationalist rebels in the late 1930s. Photo: AFP


A young Republican during the Spanish civil war. Photo: AFP


Xie headed for Spain in April 1937. In a letter to the Communist Party of Spain, he wrote, “I came to Spain not for a short stay but to go to the battlefront. I will exert my utmost to fight as a soldier. I hope the committee will grant me this right and let me join the International Brigades just like many other foreign comrades.”


Xie was made a machine-gunner with the Austrian battalion but was removed from the frontline after being shot through his right leg, below the knee.


According to the Tsous’ research, Chen Agen was possi­bly the only Chinese volunteer who came to the war directly from China. Chen was, in fact, fleeing the authorities, having organised a trade union in Shanghai. While heading for Europe in 1937, a Vietnamese cook – rumoured to have been Ho Chi Minh – regaled Chen with tales of the anti-fascist derring-do in Spain, so he travelled there to fight, only to be captured and put to labour as a prisoner of war.


I felt that this great man had been forgotten, not only by his own people, Indonesian people, and his comrades, but also by the world


Hwei-Ru Tsou, author


With an arms embargo in place, according to the non-intervention policy of many countries, by 1938 the Republicans were in retreat, and in October the leadership ordered the withdrawal of the International Brigades in the hope of convincing the Nationalists’ foreign backers to withdraw their troops, but to no avail, and the war officially ended on April 1, 1939, with a Nationalist victory.


Photos: The Chinese Labour Corps in the first world war, July 25


The eventual fates of the International Brigade volun­teers were as varied as their backgrounds.


Chen was not freed from jail until 1942, and his trail quickly went cold in Madrid. Zhang Ji fled Spain after the disbandment of the International Brigades and made it to Hong Kong, where in March 1939 his experiences of the Spanish civil war were published as “Spanish Vignettes” in the T’ien Hsia Monthly. Chang had written of his wish to join Mao’s Eighth Route Army when he got back to China, but it is unknown whether he succeeded – the Tsous have found no record of his where­abouts after Hong Kong.


Zhang Ruishi (second from left) and Liu Jingtian (second from right) with comrades from the 14th Brigade.


Bi did make it to China and by 1940 he was in Yanan with Mao’s troops. Bi was one of the foreign volunteers who came to be revered as the “Spanish doctors”, supporting the Chinese war effort against Japan. The doctors had arrived in China from Poland, Germany, Canada, Britain, India and many other countries and had served on Spanish battlefields. Bi remained in Yanan until 1945 and the Japanese surrender, later working in the Soviet Union before returning to Indonesia, where he was ostracised for his revolutionary deeds and political beliefs. He was not heard from after 1966, one year after Suharto’s military coup, and Bi may have been executed.


“When I heard, I cried,” says Hwei-Ru Tsou. “I felt that I’d come to know him. He was so close to me. Later we learned so much about his endeavours, not only in Spain but also in China. I felt that this great man had been forgotten, not only by his own people, Indonesian people, and his comrades, but also by the world. He was a man who lived by his ideals, and that takes enormous courage. He was an unbelievable man.”


Republicans battle for the Alcazar in Toledo, Spain, in July 1936. Photo: AFP


In early 1939, Xie was one of hundreds of thousands of Republican refugees who fled to France, where he was confined in the notorious Gurs internment camp for eight months before returning to China via Singapore, Hong Kong and Vietnam. Xie fought with the Red Army against the Japanese, eventually working as an engineer with the Chinese air force in the 1950s and early 60s. In 1965, however, Xie was purged from the Communist Party and labelled a revisionist due to his involvement with foreigners in Europe. He died of cancer in 1978, never having been rehabilitated.


Liu arrived in Yanan at the end of 1939 and was admit­ted to the Communist Party in 1946. It is known that he worked on construction projects, including the yaodong cave dwellings for which Yanan is famous, but then his trail went cold.


Q&A: The fates of 200,000 Chinese workers in Russia during the first world war


And the Estampa poster boy?


According to the Tsous, when the international volun­teers retreated in 1938, Zhang Ruishu returned to Paris and was promptly arrested by the French government. Eventu­ally released with help of the French Communist Party, his former co-workers and trade unionists at Renault paid for his passage by ship to China in 1939. After 1949, he worked in various administrative positions for the Xinhua News Agency, retiring in 1958. Ten years later, lonely and forgotten, he fell at the gate of his house, and died that same year, at the age of 75.


For Hwei-Ru Tsou, the experiences of the Chinese volunteers, who fought – and in some cases died – for their internationalist beliefs on the other side of the planet from their homeland, are not just mere history, but shining examples in a world regularly buffeted by political storms and growing intolerance.


“Their stories – in the current times – are so important,” She says. “The situation back then, with Hitler and Mussolini rising up in Europe, the economic and political situation at that time – that could return, and we see signs of that in some places in the world.


“These stories can serve to keep us alert.”